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Experiencia de Cristina Serrano Sánchez

Voluntaria UC3M en un proyecto de INVERNADEROS INTELIGENTES en la UNIVERSIDAD TÉCNICA DE COTOPAXI (Ecuador)

¡Cómo pasa el tiempo de rápido, no puedo creer que ya esté en el ecuador de mi estancia! Y nunca mejor dicho porque a Ecuador es donde vine a hacer mi voluntariado, concretamente a Latacunga, una pequeña ciudad situada entre montañas y volcanes activos en medio de los Andes con un casco histórico que conserva su pasado colonial. Mi nombre es Cristina Serrano y soy ingeniera industrial.  Al acabar el máster en septiembre de 2019 decidí embarcarme en la aventura que siempre había querido hacer: realizar un voluntariado internacional en el que poder ayudar con mi trabajo y mis conocimientos, y que asimismo me permita aprender y enriquecer profesional y personalmente.

Aún recuerdo la incertidumbre de la salida de España, de no saber adónde iba, cómo sería la ciudad, en qué proyecto trabajaría, qué personas conocería, y es que este era mi primer viaje al continente americano. Sin embargo, mi estancia está siendo un cúmulo de nuevas experiencias y nuevos lugares que estoy conociendo.

El proyecto que me trajo hasta aquí es una instalación de energía solar fotovoltaica en un invernadero de la Universidad Técnica de Cotopaxi (UTC). Mi trabajo actual se centra en analizar las posibles soluciones que reducirían los cambios térmicos en el ambiente, las cuales deben ser viables económicamente para que puedan ser costeadas por los agricultores de la zona, puesto que el lema de la universidad es “Por la vinculación de la universidad con el pueblo” e intentan enfocar sus proyectos a solucionar problemas reales de la gente. La instalación se sitúa fuera de la ciudad, en el pueblo de Salache, por lo que el trabajo de lunes a jueves se centra en una parte más teórica y de cálculo en la universidad, y los viernes nos vamos a trabajar sobre el terreno para hacer mediciones y arreglar problemas que vayan surgiendo.

Además del proyecto principal, han ido surgiendo otros muy interesantes, como la implantación de un sistema híbrido de energía solar y eólica en el refugio de los volcanes Ilinizas o la determinación de los indicadores de pobreza energética de la zona, que espero que podamos empezar a desarrollar en las próximas semanas.

Sin embargo, mi trabajo en la universidad se vio interrumpido durante 12 días por los paros que tuvieron lugar en todo el país como respuesta a una serie de medidas económicas del gobierno.  El resultado: casi dos semanas de corte de carreteras, manifestaciones, desabastecimiento y tensiones entre el pueblo y las fuerzas del estado que derivó en una derogación de las medidas y una puerta al diálogo entre el gobierno y los manifestantes. Durante esos días la paciencia y la lectura fue mi mejor compañera, puesto que poco más se podía hacer que esperar la resolución pacífica del conflicto.

Además de realizar el proyecto, estoy aprovechando mi estancia para conocer mi ciudad de acogida y sus alrededores. Por una parte, los paisajes andinos, que recorro haciendo senderismo por los volcanes y montañas cercanos. Y no es tan fácil, puesto que aquí las altitudes mínimas son de unos 3.000 metros, y hacer ejercicio a tanta altura hace que notes inmediatamente la falta de oxígeno.

Otra experiencia que no podía perderme es la celebración de la fiesta popular de Latacunga: la Mama Negra, en la que tuve ocasión de participar (y que volveré a festejar dentro de un mes puesto que a falta de una tienen dos versiones, una en octubre y otra en noviembre).

 

Sin embargo, Latacunga es mucho más que paisajes y fiestas. Su gastronomía, el tiempo cambiante que hace que tengamos las cuatro estaciones en un solo día y, sobre todo, su gente. Y es que los latacungueños son personas hospitalarias y amables que, con su acento dulce, me acogieron con cariño. Desde antes de aterrizar en Ecuador, Diana, latacungueña y compañera de este programa de voluntariado, me ayudó a buscar alojamiento y me orientó sobre su ciudad; su hermano, Andrés, mi guía en la montaña; y Walter, mi casero y compañero de piso que me acogió como parte de su familia y me enseñó todo lo que hay que saber de la ciudad.

A pesar de todo lo vivido y lo rápido que ha pasado, me alegra saber que aún me queda un mes y medio para seguir contribuyendo y disfrutando de mi estancia de voluntariado en Ecuador.